Lo he dicho y escrito varias veces. Mi abuela murió. Es una especie de etiqueta que sirve para dar a entender superficialmente lo que ocurrió. He escuchado y leido varias veces la palabra condolencias. Palabra que me suena a falsa, a etiqueta de decir algo por no saber decir otra cosa.
Ocurrió que la mujer que nació en la España del Medioevo, que se vestía de negro en un pueblo donde los que sabían escribir eran contados con los dedos de una mano, que era una de once hermanos, donde todos se llamaban Manuel, Miguel, Manuela, Miguela, Vicente, esa mujer que atravesó el Atlántico en barco, que sobrevivió a dos guerras y un golpe de estado, que perdió a dos de sus tres hijos, esa mujer que tenía la fuerza de un pilar que lo soportaba todo, cuyo apego a la vida era feroz, finalmente, después de 96 años, murió. Pilar ha muerto.
Esa mujer campesina enamorada de un joven anarquista tenía una vida por delante cuando la Central Nacional de Trabajadores montaba el primer gobierno anarcosindicalista en Aragón. Pero muy pronto estalla la guerra civil española y el joven anarquista se va de su pueblo al frente de batalla. Puedo imaginar la angustia de esperarlo junto a su única hija viva y los viejos que se quedaron en el pueblo. Entre los heridos que regresaban del frente, uno de ellos traía un mensaje para ella y su padre. Las tropas de Franco avanzaban y tenían que huir a Francia lo antes posible. En un carro de madera cargaron lo que pudieron y emprendieron un penoso viaje cruzando los Pirineos. En la frontera, los franceses ante la llegada de miles de españoles refugiados deciden meterlos en algo parecido a campos de concentración. Mi abuela no sabe nada de mi abuelo durante un año.
Sorpresivamente, aparece un noche y toma a mi abuela a mi madre de la mano para sacarlas de ese lugar y huir al pueblito de Saint Godens, cercano a la frontera. Tiempo después se van a Toulouse donde logran recuperar la tranquilidad.
Pero luego estalla la Segunda Guerra Mundial y los alemanes ocupan Francia. Mi abuela aprendió muy poco francés, una de las palabras que más recordaba era "papiers". Papeles, que les pedían los soldados franceses y luego los alemanes, los nazis.
Después de pasar sufrimientos que nunca sabré, deciden huir otra vez, esta vez de Europa y sus guerras a América. Llegan como refugiados a Chile con algo de dinero que les da el gobierno que les permite sobrevivir un par de meses. Se hospedan en la casa de Isidro y Quite. Pancho, su hijo fue al funeral de Pilar. El me contó ese día que se vinieron juntos en el barco desde España, que Isidro era miembro del gobierno anarquista donde conoció a mi abuelo Esteban. Isidro tuvo peor suerte que mis abuelos, fue llevado por los alemanes a un campo de concentración, un campo de concentración nazi. Logró escapar cuando lo trasladaban en un tren y llegó hasta Paris para la liberación.
Recién instalados en este fin de mundo que era Chile para ellos, se apoyaron en la red de españoles republicanos que habían llegado como refugiados. Junto a mi abuelo montaron un pequeño negocio en un pueblo cerca de Santiago. Maipú se llamaba ese pueblo que ahora es una de las zonas más pobladas de la enorme metropolis que creció sin control.
En Maipú empezaron una nueva vida, mi abuelo era amigo de todos, mi abuela siempre estaba en la casa. Ella manejaba las platas, cuidaba a mi madre, cocinaba, lavaba, hacía el aseo. Cuando nací yo me cuidó como a sus dos hijos hombres que no pudo criar. Su cariño hacia mi era muy grande y aunque nunca me abrazaba ni me acariciaba, sentía su amor muy intensamente.
En 1975 murió Franco. Aún recuerdo las cartas que llegaban de España con las estampillas con la cara del dictador pegadas alrevés con la cabeza hacia abajo. Mis abuelos emprende el regreso soñado a su España querida, van a visitar a la familia. Al cabo de un año, mi abuelo quiere quedarse. Pilar lo convence que su vida ya no está en el pueblo, sino en Chile, con su hija y sus nietos.
El pueblo, Calanda, crecí escuchando las historias del pueblo y de los parientes que nunca conocí. Solo muchos años después pude conocerlo. Era un día de calor en ese pueblo que aún conserva las ruinas del castillo feudal que le dio origen. Caminando por las calles estrechas, pasando por la antigua fuente donde iban a buscar agua, me puse a conversar con unos viejitos sentados a la sombra. Les pregunté si habían conocido a mis abuelos. Uno de ellos recordó a Pilar. Era muy guapa, dijo sonriente.